El día que yo nací nací muy desgraciada:
el primer hombre que vi ya quedé enamorada.
Tres años lo tuve muerto en una sala guardada.
Todos los viernes des año, la ropa le cambiaba,
le componía su sitio con flores y lirios blancos.
Un día, por mi desgracia, se descomponió un brazo.
-Si lo digo a mi padre, es padre para matarme;
si lo digo a mi madre no es mujer para guardarlo.
Mis hermanos son pequeños, de amores no entienden nada.-
Un día se paseaba del balcón a la ventana
y había un labrador en su campo, que labraba.
-Labrador, buen labrador, escuchadme una palabra.
-Ya la escucharé, señora, aunque sean tres y cuatro.
-¿Quieres enterrar un muerto y te será bien pagado?
-Ya lo enterraré, señora, aunque sea sin pagarlo.-
Al bajar por la escalera, ella mil besos le daba:
-Adiós, Luís de mi vida, adiós, Luís de mi alma;
si no fuera por la gente, Luís te acompañaba.
Un abre que té cent branques;
cada branca, cent brancons;
a cada brancó, cent nius;
i dins cada niu, cent ous.
¿Quants d’ous hi ha?
Cent milions.
Estaba una niña bordando corbatas,
agujas de oro y dedal de plata.
Pasó un caballero pidiendo posada.
-Si mi madre quiere, yo de buena gana.-
Le puso la mesa en medio la sala:
cucharita de oro, tenedor de plaat.
En medio la alcoba le puso la cama:
colchones de hilo, sábana bordada.
A la media noche él se levantó;
de las tres que había, a Elena escogió.
La montó al caballo y se la llevó.
Al llegar al monte, allí la bajó,
y le dijo: -Niña, ¿cómo te llamas?
-Yo me llamo Elena y por mi desgracia.-
Sacó un cuchillo y la degolló.
Arrancó una mata y allí la enterró.
Al cabo de un año, por allí pasó
y vió un pajarito y le preguntó:
-¿Quién es esa virgen que aquí veo yo?
-Esta es Santa Elena que usted la mató.