En Galicia hay una niña que Catalina se llama.
Su padre es un perro moro, su madre una renegada.
Todos los días de fiesta su padre la castigaba
porque no quería hacer lo que su madre mandaba.
Le mandó hacer una rueda de cuchillos y navajas.
La rueda ya estaba hecha, Catalina arrodillada,
entre lágrimas y llantos al Dios del cielo rogaba.
Bajó un ángel del cielo, bajó para consolarla;
bajó un ángel del cielo con la corona y la palma.
-Sube, sube, Catalina, que el rey del cielo te llama.
-¿Qué quiere el Rey del cielo que con tal prisa me llama?
-Te quería preguntar la vida cómo la pasas.
-La vida la paso muy bien, pero la espero muy mala.-
Cuando sube Catalina, con su corona y su palma,
le comparece el demonio, el demonio que es malvado.
Mientras sube Catalina, marinero cae al agua.
-¿Qué me das, marinerito, si yo te saco del agua?
-Yo te daré mi navío y mi oro y mi plata.
-Yo no quiero tu navío, ni tu oro ni tu plata.
-Pues ¿qué quieres, Catalina, pues que quieres que yo haga?
-Lo que quiero, cuando mueras, que a mi me entregues el alma.
-El alma se entrega a Dios y mi cuerpo a las aguas
y lo demás que me sobra a la Virgen soberana.
Rafel Ginard
Cançoner Popular de Mallorca
Transcripció edició
Religiosos
Inca
Assonant
252
IV
Sant Ferriol
té ses cames primes
com a llenderines
perque Déu ho vol.
Jo tenc tanta de cantera
com un extramunciat:
’vui que no he berenat,
me pens que es sol torna arrere.
Silvana se paseaba con la ramera florida
y su padre se la miraba desde el mirador que había.
-Silvana, si quieres ser hika del alma querida,
te vestiría de oro y de plata te calzaría,
y las camisas de seda y el collar de perlas finas.
-¿Y las penas del infierno, padre, ¿quién las pagaría?
-Un Padre Santo hay en Roma que a los dos perdonaría.
-También hay un Dios al cielo que a los dos castigaría.-
Al bajar la escalera, se encontró madre y la hija.
-¿Qué tienes, hija Silvana? ¿qué tienes, hija querida?
-Es verdad que sois mi madre; con razón es que os lo idga.
Este traidor de mi padre, días hay que me persigue.
-Si tu padre te persigue, muy pronto se va a enmendar.-
A la mañana siguiente, día de Pascua Florida,
se cambiaron el vestido entre la madre y la hija.
Cuando una se lo quitaba, la otra se lo ponía.
Se fue al cuarto del Rey, allí donde el Rey dormía:
-Buenos días, padre Rey. –Buenos días, hija mía.
Sube a la cama, Silvana, sube a la cama, querida.
-Silvana, no soy Silvana; yo soy tres veces querida.
Primero nació don Carlos, segundo doña María,
tercero nació Silvana, la que tienes por querida.-
Al decir estas palabras, cayó al suelo desmayado;
le echaron agua a la cara por ver si revolvería.
Cuando el Rey revolvió, estas palabras decía:
-Tu serás mi protectora, mi dulce esposa querida,
porque has sabido guardar la honra de tu hija y mía.