Bon dia tenga, senyor;
que em perdon si l’he ofès;
de sa Vall me’n vaig remès
inflat com un tambor:
¿justícia amb tanta rigor
d’errades que no he comès?
-Soldadito, soldadito, tú que de la guerra vienes,
¿no habrás visto mi marido por la guerra alguna vez?
-No, señora, no lo he visto, ni sé su señor quién es.
-Es un joven blanco y rubio, alto como los ciprés.
-Sí, señora, que lo he visto; su marido muerto es;
se ha muerto en Valencia en casa del Genovés.
Ha dejado en testamento que me case con usted.
-Esto sí que no lo haría, esto sí que no lo haré.
Siete años hay que espero, y siete más que esperaré.
Si a los catorce no viene, monjita me encerraré.
Y los tres hijos que tengo muy bien los condoñaré: (sic)
uno, con doña María, otro, con doña Isabel
y el más chiquitito rubio a la guerra mandaré.
Donde ha muerto su padre morirá el hijo también.
-Calla, calla, Francisquita, que yo soy tu amante esposo
que he venido de la guerra: dame un abrazo amoroso.
Garrida, tal és mon viure;
mon cor a tal preu les ven.
Jo conec que hi tenc bo ferm,
perque, en parlar d’anar-me’n,
totes se calen a riure.