’Vui per mi, demà per tu,
la mort no serva respecte.
A tothom trobes defecte
i tu en tens més que ningú.
Jo voldria que s’amor,
en tornar rallar de mi,
fos picada d’escorpí
en aquella ocasió
su adamunt s’escarpó,
i que li fes un cocó
tan enfondo i tan redó
com es pou de Son Marí.
Yo tenía siete perros. Uno me lo pilló el tren.
No me quedan, no me quedan, no me quedan más que seis.
De los seis que me quedaban uno se fue de un brinco.
No me quedan, no me quedan, no me quedan más que cinco.
De los cinco que quedaban, uno se fue de un salto.
No me quedan, no me quedan, no me quedan más que cuatro.
De los cuatro que quedaban, uno se murió de sed.
No me quedan, no me quedan, no me quedan más que tres.
De los tres que me quedaban, uno se murió de tos.
No me quedan, no me quedan, no me quedan más que dos.
De los dos que me quedaban, se llevó uno el tío Bruno.
No me quedan, no me quedan, no me quedan más que uno.
El uno que me quedaba, se le salió a la portera,
y le dio un palo mortal por cagarle en la escalera.
Aquí acaba el cantar.