Estaba la blanca niña sentadita en su balcón.
Pasó por allí Don Carlos, hijo del Emperador.
-Suba, suba, caballero, suba, suba sin temor.
Mi marido está cazando en los montes del León.
-Abre la puerta, niña, abre; abre, abre sin temor,
que que te traigo un conejito de los montes del León.
-Es que he perdido las llaves de tu lindo corredor.
-Si aquellas eran de plata, de oro te las traigo yo.
¿De quién es aquel caballo que en mi cuadra he visto yo?
-Tuyo, maridito, tuyo, que ayer te lo compré yo.
-¿De quién es aquel sombrero que en mi percha he visto yo?
-Tuyo, maridito, tuyo, que ayer te lo compré yo.
-¿De quién es aquella sombra que en mi cuarto he visto yo?
-Es del niño del vecino que ayer noche aquí durmió.
-¡Qué niños ni qué demonios! ¡Lleva más barbas que yo!-
Sacó su puñal de plata y allí mismo la mató.
Damunt el puig vaig filar
un fil de llarga esperança
Joan, sa teva enyorança
pens m’ha d’arribar a matar.
-A sa plaça fan ballades; mumare, deixau-m’hi anar.
-No hi vagis, Catalineta, que ton pare prest vendrà.-
Quan va esser un quart enfora, son pare ja va arribar:
-¿On és Na Catalineta? –A sa plaça a ballar.-
Son pare agafa les cordes i un garrot en cada mà:
la primera garrotada, mig morta la va deixar;
sa segona garrotada, ben morta la va deixar;
Es dia del seu enterro, son pare varen penjar.
I sa mare, dins sa cuina, qui s’esclata de plorar.
Que rebenti i que s’esclati! no la hi ’gués deixada anar!