Gerineldo, Gerineldo, Gerineldito querido,
¡si te pudiera tener tres horas en mi retiro!
-No se burle usted, señora, no se burle usted conmigo.
Porque soy vuestro criado, señora, os burláis de mí.
-No me burlo, Gerineldo, que de veras te lo digo.
Entre la una o las dos mis padres se habrán dormido.-
Entre la una o las dos, se oye un pequeño ruido.
-¿Quién rodea mi palacio? ¿Quién pasea en mi castillo?
-No tema, soy Gerineldo, que vengo a lo prometido;
Vengo en zapatos de seda por no hacer tanto ruido.-
Se pusieron a hablar como mujer y marido.
Cansaditos de hablar, se quedaron adormidos.
Cuando el Rey se despertó, dos horas el sol nacido,
se fue al cuarto de la Infanta y los encontró dormidos.
Puso mano a la espada: -¿Que les les tiro o no les tiro?
Si mato a Gerineldo, desde niño lo he tenido;
y si mato a la infanta, mi reino será perdido.
Les pondré la espada en medio: les servirá de testigo.-
La infanta se dispiertó: -Dispiértate, amor mío;
despiértate, Gerineldo,
que la espada de mi padre entre los dos ha dormido.
-¿Por dónde me iré, señora, por no ser tan conocido?
-Sale por el jardín mayor a coger flores y lirios.
-¿Dónde vienes, Gerineldo, que estás tan descolorido?
-Vengo del jardín mayor de coger flores y lirios;
la fragancia de la rosa el color me ha bebido.
-No lo niegues, Gerineldo, que con mi hija has dormido.
De la mañanita, a las ocho, seréis mujer y marido.
-La promesa tengo hecha a la Virgen de la Estrella:
de mujer que ha sido mía, de no casarme con ella.
La promesa tengo hecha a la Virgen del Pilar:
mujer que sirve de dama, de no poderme casar.
Rafel Ginard
Cançoner Popular de Mallorca
Transcripció edició
Romanç carolingi
Inca
Assonant
35
IV
Tum-tum, vet aquí Llorito;
tum-tum, vet aquí Llorac;
tum-tum, vet aquí sa capsa;
tum-tum, vet aquí es tabac.
Si jo sabia a quina hora,
mon bé, haguésseu de venir,
vos sortiria a camí
amb guiterra i violí,
amb guiterró i mandola.
Anem-hi a Montserrada i veurem tot lo que hi ha;
diuen que hi ha una llàntia a cada cantó que hi ha.
Totes són de plata fina menos una que n’hi ha,
que és la llàntia del rei moro, que mai l’han vista cremar.
Sols un dia l’encengueren; un àngel del cel baixà:
-Apagau aquesta llàntia, que tot el món finirà.
Darrere aquella muntanya hi ha roses i clavells
per adorar la custòdi’ del Santíssim Sagrament.
La Mare de Déu plorava abraçada a una creu.
Sant Juan la consolava: -Mare de Déu, no ploreu!-
Mare de Déu, mare nostra, Mare de Nostro Senyor,
cada dia feis miracles per la nostra salvació.