Ella jura i perjura
que fadrí no l’ha tocada,
i n’està més engrossada
que una figa flor madura.
Estaba la reina mora sentadita en su balcón,
esperando que pasara el segundo batallón.
Y pasó un caballero y de ella se enamoró.
-Sube, sube, caballero, sube, sube sin temor,
que mi marido está de caza por los montes de León.
Y, para que nunca vuelva, le echaré una maldición:
-Que se caiga del caballo y se parta el corazon;
que se lo coman las fieras, una mona y un león!-
Al decir estas palabras, su marido ya llegó:
-Ábreme, cara de luna, ábreme, cara de sol,
que te traigo un regalito de los montes de León.
¿Qué te pasa, Carolina, que has mudado de color?
¿Has tenido calenturas o has dormido con amor?
-No he tenido calenturas, ni he dormido con amor.
Es que he perdido las llaves del más alto mirador.
-Si de plata las tenías, de oro te las daré yo.
¿De quién es este sombrero que en la percha veo yo?
-El sombrero es de mi tío que ayer noche lo dejó.
-¿De quién es esta espada que reluce más que el sol?
-Tuya, maridito mío, pare ti la compré yo.
-¿De quién es este caballo que en la cuadra veo yo?
-Es un caballo perdido y lo he recogido yo.
-¿De quién son estos suspiros que en mi alcoba oigo yo?
-Son suspiros de mi amante, y a ti no te quiero yo.-
Le pegó tres puñaladas en medio del corazón.
El galán murió a la una y Carolina a las dos.
¿Què tens, terroleta,
que véns enfadada?
¿T’han robat es niu
de dins sa civada?