Silvana se paseaba por la alameda florida.
Y su padre la miraba desde un balcón que había:
-Silvana, si quieres ser mi hija, esposa y querida,
te vestiría de oro, de plata te calzaría,
y la camisa de seda, los guantes de piel muy fina.
-Y las penas del infierno, padre, ¿quién las pasaría?
-Hay un Padre Santo en Roma, hija, y nos perdonaría.
-También un Dios en el cielo y un castigo mandaría.-
Silvana se fue llorando, por la escalera subía.
Y su madre la miraba desde un balcón que había:
-¿Qué tienes, hija Silvana? ¿qué tienes, hija querida?
Si es verdad que soy tu madre, es justo que me lo digas.
-¡Ay, madre, mi buena madre! ¡ay, madre del alma mía!
Aquel traidor de mi padre días ha que me persigue
y dice si quiero ser su hija, esposa y querida.
-Si esto es verdad, Silvana, yo pronto lo arreglaría:
tu te pondrías mi ropa, yo la tuya me pondría..-
Ellas cambiaron de ropa día de Pascua florida.
La que una se quitaba, la otra se la ponía.
Fueron al cuarto del Rey por ver si las conocía.
Y la madre entró en el cuarto triste y descolorida:
-Buenos días, señor Rey. –Buenos días, prenda mía.
Sube a la cama, Silvana, que voy tres veces florida:
el primero fue don Carlos, segunda, doña María,
y después nació Silvana que tú buscas por querida.
-Tú te quedas mi Señora mientras en el mundo viva ,
porque has sabido guardar mi honra y la de mi hija.
Joveneta, fé el favor
de donar-mos sa panada,
i serà apreciada
fins i tot d’es sonador.
Si no tens festejador,
triaràs de sa rotlada:
si n’hi ha cap que t’agrada,
ninguns te direm que no.
Anem-hi, Na Montserrada, i veuràs tot lo que hi ha,
que diuen que hi ha una llàntia a cada cantó d’altar.
I ne són de plata fina, fora d’una que n’hi ha
que és la llàntia del Rei moro que mai l’han vista cremar.
Un pic la varen encendre i l’àngel del cel baixà:
-Apagau aquesta llàntia que la fi del món vendrà!-
A baix d’aquella muntanya, tot són roses i clavells
per guarnir aquella llàntia del Santíssim Sagrament.