De matí menjam cibolla;
cibolla a’s migdia, i pa;
si es vespre no hi ha escudella,
la cibolla ho pagarà.
El Rey tenía un hijo que Tarquino se llamaba,
y una tarde de verano se enamoró de su hermana.
Al ver que no podía ser, se puso enfermo en la cama.
Su padre subía a verlo tres veces a la semana:
-¿Quieres que te mate un ave de esas que corren por casa?
-Quiero una taza de caldo y que lo suba mi hermana.-
Y subió ella solita a servir a su hermano.
Y subió las escaleras con el traje de verano
y la tacita de té que llevaba por su hermano.
Al ver la taza de té, el muerto resucitaba.
-Buenos días, hermanito; buenos días en la cama.
-Los dolores que yo paso para ti los estoy pasando.-
Ya la coge de la mano, la tira sobre su cama.
Ella, que se ve cogida, de esa manera se exclama:
-Hermano, como buen hermano, no me quieras deshonrada.
-No te muevas, no te muevas, no te muevas de la cama.
-No me mires, hermanito, no me mires deshonrada,
y Dios guardará un castigo para papá y mi hermano.-
Sacó un pañuelito blanco y los ojos le nejugaba.
Al bajar por la escalera, su padre se la miraba.
La miró por la cintura: -Parece que estás casada.
-Papá mío, papá mío, no me mires deshonrada..-
Un día del mes de abril, nació una flor encarnada
que por nombre le pusieron “el Rey de toda España”.
No llores, niño, no llores, que tu llanto me da pena.
¿Qué diran si un niño llora en casa de una soltera?
Mariner, tirau la canya,
ja l’aixecarà el patró,
que ara balla la major
de tot el reinat d’Espanya.