Qui té xerxes, sempre està
com un pobre penitent:
en pic que li manca es vent,
llavò li toca remar.
A Ciutat me n’aniré
a llogar-me per criada
sense paga ni soldada,
a servir un artiller.
Yo me quería casar con un mocito barbero,
y mis padres me querían monjita de un monasterio.
Una tarde de verano, me sacaron de paseo,
y al revolver una esquina, había un convento abierto.
Salieron de allí las monjas todas vestidas de negro.
Me cogieron de la mano y me metieron adentro.
Me empezaron a quitar los adornos de mi cuerpo:
pulseritas de mis manos, anillitos de mis dedos,
pendientes de mis orejas, gargantilla de mi cuello,
mantilla de tafetán y jubón de de terciopelo.
Lo que más sentía yo era mi mata de pelo.