Serra mamerra,
una olla de terra,
una olla d’aram,
patapum, patapam.
Ses pedres, que són tan dures,
vós les feis enamorar.
Què han de fer ses criatures
que amb vós poren conversar!
Mañanita, mañanita, mañanita de San Juan,
se paseaba el rey-Conde por la orilla del mar.
Minetras los caballos beben, él se pone a cantar.
La Reina que lo está oyendo, desde palacio, cantar:
-Hija mía, ¡qué bien canta la sirenita del mar!
-Madre, no es la sirenita, ni tampoco lo será:
es el hijo del Rey-Conde que por mí penando va,
antes que amanezca el día, juro que lo he de matar.-
Por los montes, por los montes, la Reina a buscarlo va,
y lo encuentra dormidito a la orilla del mar.
Con puñalito de plata, tres puñaladas le da;
otras tres a su caballo, la jaca la tira al mar.
La hija que se ha enteradop a casa de su tío va:
-Ay, tío de mi vida, un favor me va usted a da:
mi madre mató al Rey-Conde a la orilla del mar,
y quiero yo, tío mío, que lo mande usted a enterrar.
-Si es el favor que me pides, concedido lo tendrás.
Ve a la puereta de la iglesia y allí lo verás pasar.-
Fue a la puerta de la iglesia y de allí lo vió pasar:
-Ve con Dios, amante mío, que junto a ti me tendrás.-
Pasa un día, pasan dos, la hija enfermita está.
Pasan tres y pasan cuatro, enferma de gravedad.
Pasan cinco y pasan seis, ya la llevan a enterrar.