El Rey moro tiene un hijo que Tarquino se llamaba.
A la edad de quince años, se enamoró de su hermana.
Como no podía ser casarse con su hermana,
un día cayó malito, muy malito en una cama,
con dolores de cabeza y calenturas muy malas.
Su padre subía a verlo tres veces a la semana:
-¿Qué tienes, hijo querido? ¿qué tienes, hijo del alma?
-Tengo unas calenturas que me devoran el alma.
-¿Quieres que te mate una ave de esas que vuelan por casa?
-Que me la mate mi madre, que me la suba mi hermana.
Y que suba ella sola; que no venga acompañada,
que, si acompañada viene, soy capaz de destrozarla.-
Como el tiempo es de verano, ha subido en falda blanca.
Al verla entrar en su cuarto, el muerto resucitaba.
-Buenos días, hermanito, que enfermito estás en cama.
-Los dolores que yo paso por ti los estoy pasando.-
Y, al verla tan bonita, se levanta de la cama.
Ya la coge de la mano y en el lecho la acostaba.
Cuando ella se ve cogida, de esta manera le hablaba:
-No me quejes, hermanito, no me quejes deshonrada,
que Dios del cielo castiga goce entre hermano y hermana.-
Con un pañuelito blanco la boquita le tapaba.
Un día del mes de abril, se puso vestido de playa.
Al bajar por la escalera, su padre se la miraba.
-No me mires, papá mío, no me mires deshonrada.-
Al cabo de nueve meses, nació una rosa encarnada
y por nombre le pusieron “Hijo de hermano y hermana”.
De raptes i forçadors
Artà
Assonant