Coranta dies, Senyor,
sempre seguit dejunàreu,
i d’agenoiat suàreu
sang viva, per mon amor.
Ha estallado la guerra entre Francia y Aragón.
-¿Cómo lo haré yo triste, viejo y cano, pecador?
Siete hijos he tenido y ninguno fue varón.
Respondió la más chiquita y en razones la mayor:
-A la guerra me iré, padre, a la guerra me iré yo.
¿Querréis darme vuestras armas y vuestro caballo trotón?
tienes las manos muy blancas, otras más blancas no son.
-Si tengo las manos blancas que otras más blancas no son,
yo me quitaré los guantes para que las queme el sol.
-No vayas, hija, no vayas, que me sobra la razón:
conoceránte en tus ojos que otros más bellos no son,
yo los resolveré, padre, como si fuese un traidor.
-No vayas, hija, no vayas, que me sobra la razón:
conocerán tus cabellos, que otros más bellos no son,
voy a cortármelos, padre, lo mismito que un varón.-
Al montar en su caballo, -Me olvidaba lo mejor:
¿Cómo me he de llamar, padre? –Don Martín de Aragón.-
Dos años anduvo en guerra y nadie le conoció,
más que el hijo del Monarca que a los ojos la miró.
-Herido vengo, mi madre, de amores me muero yo.
De mujer tiene los ojos don Martín de Aragón.
-Convídalo, tu, hijo mío, a los baños a nadar,
y si ella es mujer, no te querrá aceptar.-
Todos se están desnudando, don Martín muy triste está:
-Noticias yo he recibido, noticias de gran penar:
Se halla el Conde mi padre en razones de finar.
Licencia pediré al Rey para irlo a visitar.-
Al ensellarle el caballo, ella se puso a cantar:
-Adiós, mi viejo Monarca, y tu palacio real,
que dos años te ha servido una doncella leal.
Puentecito, puentecito, de la aldea de mi hogar,
un día te pasé virgen, virgen te vuelvo a pasar.
Abre las puertas, mi padre, ábrelas de par en par,
que vuelve tu hija chiquita cansada de pelear.
Sempre cant de bona gana,
no serà migdia mai.
Jo voldria que es batai
’gués caigut de sa campana.