Aqueixa cara de sol
mereix un “bon dia tenga”.
Ell és pecat que la tenga
es viudo de son Fiol.
Rafel Ginard
Cançoner Popular de Mallorca
Transcripció edició
Casament. Noces. Dot
Sineu
1175
III
Estaba una señorita, sentadita en su balcón.
Esperaba que viniera el segundo batallón.
Por allí pasó un soldado y al verla se enamoró.
-Soldadito, soldadito, sube, sube a mi balcón;
mi marido no está en casa, ya no volverá más, no.
Hace tiempo está cazando por las tierras de Aragón.
Y, si algún día volviera, le echaremos maldición:
-Que se caiga del caballo y se rompa el corazón!
Que lo devoren las fieras, la pantera y el león!-
Al hablar estas palabras, su marido la llamó:
-Abre, carita de luna, abre carita de sol;
abre, abre, Carolina, que tu marido soy yo,
y te traigo un regalito de las tierras de Aragón.
-¿Qué te pasa, Carolina, que me miras con temos?
¿Que has teido calentura o has besado a otro amor?
-No he tenido calentura, ni he besado a otro amor.
Se me han caído las llaves de lo alto del balcón.
-No temas, cara de luna, no temas, cara de sol;
si las tuyas son de plata, las mías de oro son.
¿De quién es aquel sombrero que en mi percha veo yo?
-Es de mi hermano Pepe que ayer tarde ya llegó.
-¿De quién es aquella espada reluciente más que el sol?
-Esta espada es de mi padre que para ti la mandó.
-Dale gracias a tu padre y que le aprecio el favor,
pero espadas no me faltan: las mías mejores son.
¿De quién es aquel caballo que en la establa oigo yo?
-El caballo es de mi padre, que para ti lo mandó.
-Dale gracias a tu padre y que le aprecio el favor.
No he de menester caballos: los míos mejores son.
¿De quién es esta cabeza que en mi cama veo yo?
-Es el niño de Mercedes que en mi falda se durmió.
-Qué caramba de chiquillo! Lleva barba como yo!
-Mátame, marido mío, que te he echado maldición.
-No te quiero matar, luna; no te quiero matar, sol;
que te mate el Dios del cielo o el padre que te crió.
Te devolveré a tus padres que te den educación,
que la poquilla que tienes es la que te he dado yo.
-Os entrego a vuestra hija; le daréis educación,
que la poca que ella tiene se la he enseñado yo.
Y, si Dios nos manda hijos, serán de la perdición.
EL Rey moro tiene un hijo que Pepito se llamaba.
Una tarde de verano se enamoró de su hermana.
Al ver que no puede ser, se pone enfermo en la cama.
Su padre, que estaba enfermo, de este modo le hablaba:
-¿Qué tienes, hijo querido? ¿qué tienes, hijo del alma?
-Tengo un dolor de cabeza que mi corazón derrama.
-¿Quieres que te mate un ave, las que vuelan por la casa?
-Que me la traiga mi hermana y que nadie la acompañe.-
Como era de verano, se puso la falda blanca
y, al verla tan monina, la subió encima la cama.
-Hermano, por ser mi hermano, no me dejes deshonrada.-
Con un pañuelito blanco la boquita le tapaba.
-Hermano, por ser mi hermano, no me dejes deshonrada.-
Con un pañuelito blanco la boquita le tapaba.
-Hermano, por ser mi hermano, no me dejes deshonrada.-
Con un pañuelito blanco la boquita le tapaba.
-Hermano, por ser mi hermano, no me dejes deshonrada.-
Con un pañuelito blanco la boquita le tapaba.
-Hermano, por ser mi hermano, no me dejes deshonrada.-
Con un pañuelito blanco la boquita le tapaba.
-Hermano, por ser mi hermano, no me dejes deshonrada.-
Con un pañuelito blanco la boquita le tapaba.
-Hermano, por ser mi hermano, no me dejes deshonrada.-
Con un pañuelito de seda los ojitos le tapaba.
Al cabo de siete meses la escalera bajaba;
su padre, que estaba enfrente, con los ojos la miraba.
-¿Qué me mira usted, papá, que me mira deshonrada?
Dios les mandará el castigo a mi padre y a mi hermano.-
Al cabo de nueve meses, nació una rosa encarnada
y por nombre le pusieron “Hija de hermano y hermana”.
Estaba la niña bordando corbatas
con tijeras de oro y dedal de plata.
Pasó un caballero, pidiendo posada.
-Si mis padres quieren, yo, de buena gana.-
Salieron sus padres, le dieron posada,
le pusieron cama en medio una sala;
cortinajes de oro, sábanas y almohadas;
y a la media noche ya se levantó;
a la más pequeña ya se la llevó.
Se la levó al monte y le preguntó:
-Dime, niña Flora, dime, niña Flor,
dime tu apellido y tu nombre no.
-Me llamo Elena.- ¡Ay, qué desgracia!
Sacó un puñal de oro y allí la mató.
A los quince años, por allí pasó
y vió un pastor y le preguntó:
-De quién es esta ermita que aquí veo yo?
-Es de Santa Elena que usted la mató.
-Maldito el convento y el que lo fundó,
que por ti, Elena, voy a la Inquisición!