-A sa plaça fan ballades; mumare, deixau-m’hi anar.
-No hi vagis, Catalineta, que ton pare prest vendrà.-
Quan va esser un quart enfora, son pare ja va arribar:
-¿On és Na Catalineta? –A sa plaça a ballar.-
Son pare agafa les cordes i un garrot en cada mà:
la primera garrotada, mig morta la va deixar;
sa segona garrotada, ben morta la va deixar;
Es dia del seu enterro, son pare varen penjar.
I sa mare, dins sa cuina, qui s’esclata de plorar.
Que rebenti i que s’esclati! no la hi ’gués deixada anar!
Rafel Ginard
Cançoner Popular de Mallorca
Transcripció edició
Temes diversos
Inca
Assonant
185
IV
Santa Elisabet,
mare de Juan,
si em colg i no em llev,
l’ànima us coman;
a Lluc i Juan,
a Marc i Mateu,
tots els sants i santes
que creien en Déu;
a Sant Dionís,
a Santa Coloma,
tots el ssants i santes
que duen corona.
Silvana se paseaba con la ramera florida
y su padre se la miraba desde el mirador que había.
-Silvana, si quieres ser hika del alma querida,
te vestiría de oro y de plata te calzaría,
y las camisas de seda y el collar de perlas finas.
-¿Y las penas del infierno, padre, ¿quién las pagaría?
-Un Padre Santo hay en Roma que a los dos perdonaría.
-También hay un Dios al cielo que a los dos castigaría.-
Al bajar la escalera, se encontró madre y la hija.
-¿Qué tienes, hija Silvana? ¿qué tienes, hija querida?
-Es verdad que sois mi madre; con razón es que os lo idga.
Este traidor de mi padre, días hay que me persigue.
-Si tu padre te persigue, muy pronto se va a enmendar.-
A la mañana siguiente, día de Pascua Florida,
se cambiaron el vestido entre la madre y la hija.
Cuando una se lo quitaba, la otra se lo ponía.
Se fue al cuarto del Rey, allí donde el Rey dormía:
-Buenos días, padre Rey. –Buenos días, hija mía.
Sube a la cama, Silvana, sube a la cama, querida.
-Silvana, no soy Silvana; yo soy tres veces querida.
Primero nació don Carlos, segundo doña María,
tercero nació Silvana, la que tienes por querida.-
Al decir estas palabras, cayó al suelo desmayado;
le echaron agua a la cara por ver si revolvería.
Cuando el Rey revolvió, estas palabras decía:
-Tu serás mi protectora, mi dulce esposa querida,
porque has sabido guardar la honra de tu hija y mía.
Estaba una niña bordando corbatas,
agujas de oro y dedal de plata.
Pasó un caballero pidiendo posada.
-Si mi madre quiere, yo de buena gana.-
Le puso la mesa en medio la sala:
cucharita de oro, tenedor de plaat.
En medio la alcoba le puso la cama:
colchones de hilo, sábana bordada.
A la media noche él se levantó;
de las tres que había, a Elena escogió.
La montó al caballo y se la llevó.
Al llegar al monte, allí la bajó,
y le dijo: -Niña, ¿cómo te llamas?
-Yo me llamo Elena y por mi desgracia.-
Sacó un cuchillo y la degolló.
Arrancó una mata y allí la enterró.
Al cabo de un año, por allí pasó
y vió un pajarito y le preguntó:
-¿Quién es esa virgen que aquí veo yo?
-Esta es Santa Elena que usted la mató.