Yo me quería casar con un mocito barbero,
y mis padres me querían monjita de un monasterio.
Una tarde de verano, me sacaron de paseo,
y al revolver una esquina, había un convento abierto.
Salieron de allí las monjas todas vestidas de negro.
Me cogieron de la mano y me metieron adentro.
Me empezaron a quitar los adornos de mi cuerpo:
pulseritas de mis manos, anillitos de mis dedos,
pendientes de mis orejas, gargantilla de mi cuello,
mantilla de tafetán y jubón de de terciopelo.
Lo que más sentía yo era mi mata de pelo.
Vine aquí, veuràs mu mare
arrufada a un racó.
Plora perque et tenc amor.
Mira de què està enfadada!
Cara bruta, cara lletja,
de mi tant de mermular!
Jo n’he d’arribar a menjar
pebres frits amb so teu fetge.